Sor María Luisa Clarac nació en 1817 en Auch, Gasconia, tierra francesa. Se llamaba Marie Louise Angelique. Ingresó al noviciado en 1841 en la Compañía de las Hijas de caridad de San Vicente de Paul en París, consagrando su vida a Dios y todos sus bienes para beneficiar al prójimo. En 1846 emitió sus primeros votos privados anuales y pidió ir como misionera a Argelia; dos años después estaba destinada allí en la sección femenina de un orfanato. Por razones de salud tuvo que volver a la Casa Madre en París y luego de un tratamiento de dos años, en 1853 llegará a Turín, capital de los Estados Sardos, Italia, donde residirá hasta el fin de sus días entregando todos los tesoros de su mente y de su corazón grande y generoso.

Su labor a favor de quienes menos tenían (en afecto y en cuidados) se proyectó a través de talleres de costura para chicas de escasos recursos que le valió felicitaciones y muestras de adhesión. En 1860 abrió en Cerdeña una Casa de las Hijas de Caridad y en 1862 compró, con el consejo de Don Bosco, con su patrimonio personal y con algunas donaciones, una quinta en la calle San Pío V de amplio terreno cultivado con jardín y huerta con frutales. Esta quinta será la Casa Madre de la Institución de madre Clarac. En la nueva casa encontraron lugar 6 obras: Guarderías para bebés, Jardín de Infantes, taller de Costura y Bordado, Orfanato femenino, Sala de Primeros Auxilios para pobres, Asistencia a los pobres a domicilio.
El 3 de Mayo de 1871, Madre Clarac dejó de ser Hija de la Caridad para hacerse iniciadora y piedra angular de una nueva Comunidad religiosa con el nombre de Hermanas de Caridad de Santa María . Sostenida y guiada por el Espíritu Santo, demostró tener en la Iglesia una tarea que había de realizar, que iba más allá de sólo Hija de la Caridad; la supo emprender con vigor aun entre no leves incomprensiones y dificultades, y logró transmitirla a cuantas le siguieron en el arduo sendero que ella había abrazado en la humilde obediencia a quien le aconsejaba y le hablaba en nombre de Dios.
La Madre Clarac murió en Moncalieri (Turín) el 21 de junio de 1887. El 26 de enero de 1981, el Papa Juan Pablo II confirmó la apertura de su causa de beatificación y de canonización.

A sus hijas les dejaba un estilo de vida: dedicarse a las obras más humildes, más escondidas, a las almas más descuidadas y más olvidadas, a aquéllas a las que frecuentemente las grandes organizaciones caritativas no llegan o no conocen; estas pequeñas obras "están reservadas a ustedes, pequeñas espigadoras en el vasto campo de la Iglesia". Y también dejaba un estilo de servicio: considerar a los jóvenes un campo esencial del apostolado, y entre aquéllos, a los más pobres y abandonados; personalizar la relación educativa educando en una religiosidad seria, esencial y personal haciéndoles comprender a las jóvenes la importancia de " su misión en la familia, la Iglesia y en la sociedad; en una palabra, prepararlas para la vida ". Educarlas con amor y con el equilibrio de la razón.
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